| Juan Pedro López, sociólogo Universidad Central sede Región de Coquimbo |
Por Juan Pedro López, sociólogo Universidad Central sede Región de Coquimbo
Lo ocurrido recientemente con una
inspectora y un alumno en Calama, no es un hecho aislado, es la señal más
dolorosa de que los colegios en Chile están perdiendo su batalla más
importante. Ya no hablamos de simple "mala conducta" o rebeldía adolescente;
enfrentamos una crisis profunda de autoridad. La violencia de los barrios y las
calles está entrando a las salas de clases sin filtro, transformando los liceos
en espejos de nuestros peores problemas sociales.
Desde una mirada sociológica, el
ingreso de armas revela un quiebre en la confianza hacia las instituciones.
Históricamente, la escuela era un "espacio sagrado", un lugar donde
los conflictos externos se detenían en la puerta. Pero hoy, ese respeto se ha
esfumado. El colegio ya no es percibido como un motor de movilidad social o un
refugio. Ante la falta de sentido y futuro, muchos jóvenes buscan seguridad o
estatus mediante la fuerza. El arma en la mochila no es solo metal; es el
símbolo de una cultura donde la "ley del más fuerte" le gana al
diálogo.
La respuesta inmediata suele ser
convertir los colegios en "fortalezas": detectores de metales,
cámaras y revisiones de mochilas. Aunque estas medidas buscan proteger la vida
de los docentes, conllevan un riesgo social enorme. Cuando transformamos una
escuela en algo parecido a una cárcel, tratamos a los alumnos como sospechosos
antes que como estudiantes. Esta "carceralización" puede aumentar el
resentimiento y alejar aún más a los jóvenes del sistema, haciendo que la
convivencia sea imposible bajo un clima de sospecha permanente.
El desafío para Chile va más allá de
poner llaves en los portones. El trabajo real es reconstruir el tejido social
entre la familia, el Estado y la escuela. No podemos pedirles a los profesores
que sean guardias de seguridad ni esperar que los directores solucionen los
problemas que nacen en hogares fracturados o barrios abandonados.
Si no logramos un pacto donde la
palabra valga más que un arma, y donde la educación sea vista como una
oportunidad y no como un trámite, el metal seguirá ganándole al pupitre. La
seguridad es urgente, pero la paz escolar sólo volverá cuando la escuela sea,
otra vez, ese lugar donde los jóvenes aprendan a vivir en comunidad y no solo a
sobrevivir en ella.
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