Chile al Borde: Narcotráfico, Inteligencia y Guerra Sucia en Clave Electoral
Entrevista exclusiva realizada en Roma, julio de 2025, por la periodista belga Béa Powels al documentalista y corresponsal exiliado en Europa, Alfonso Ossandón Antiquera, colaborador del Diario La Humanidad y corresponsal en Italia
—En sus últimos artículos usted sostiene que existe una alianza operativa entre sectores de las Fuerzas Armadas chilenas, las policías y redes de narcotráfico. ¿Qué lo lleva a esa conclusión?
—El punto de quiebre fue constatar que ya no se trata de hechos aislados. Las evidencias recopiladas en los últimos meses —conversaciones filtradas, documentos internos, testimonios protegidos— apuntan a una coordinación operativa que va más allá de la corrupción común. Lo que estamos viendo es una forma de guerra no convencional, donde la droga se convierte en una herramienta de control territorial y político, y donde los aparatos de seguridad del Estado ya no solo fallan en su rol: están siendo parte activa de este diseño.
—Usted señala que la droga incautada a la Fuerza Aérea no iba destinada solo al narcotráfico tradicional, sino que formaría parte de una estrategia de desestabilización. ¿Podría explicarlo?
—Lo que se incauta es apenas una fracción de lo que circula. Lo preocupante es la lógica detrás: se está usando droga sintética, como ketamina o fentanilo, para intensificar la violencia en barrios populares. No es solo lucro, es ingeniería social. Provocar el caos para imponer luego soluciones autoritarias. Es el viejo manual de la guerra sucia actualizado al siglo XXI. Y lo más grave: se está haciendo con conocimiento y, en algunos casos, con la colaboración activa de sectores entrenados por Estados Unidos. No lo digo a la ligera. Hay un patrón: los nombres involucrados pasaron por academias militares norteamericanas, esta acreditado en los documentos a los cuales mis colegas y yo hemos accedido.
—¿Está afirmando que la CIA o la DEA están involucradas directamente?
—Digo que parte del personal chileno implicado ha sido formado en instituciones ligadas a esas agencias. Y que en varios casos hay operaciones que no se podrían haber desarrollado sin su conocimiento. La historia nos enseña que cuando se repite un esquema —como el Irán-Contra o el caso afgano— no es casualidad. En Chile, al igual que en otras partes de América Latina, la “guerra contra las drogas” ha sido usada como plataforma para intervenir, reorganizar territorios y favorecer intereses geopolíticos.
—¿Cómo se vincula este fenómeno con el escenario electoral chileno de 2025?
—Ahí está la verdadera alarma. Nos acercamos a una elección presidencial donde la seguridad será el eje central. Y lo que vemos es una operación de manipulación del miedo. La violencia se alimenta artificialmente, el narco se desborda, y ciertos sectores del poder promueven el discurso de “mano dura” para capitalizar el miedo ciudadano. La derecha no democrática —aquella que no se resigna a perder privilegios ni a someterse a procesos civiles— está en campaña. Y tiene aliados internos y externos. En este contexto, los próximos meses serán explosivos: habrá choques entre facciones del narco, entre aparatos de seguridad, y una tensión política creciente.
—¿Se refiere a una guerra interna entre grupos del narcotráfico?
—Absolutamente. El narco en Chile ya no es monolítico. Hay grupos que responden a intereses antiguos, con vínculos militares y policiales. Pero han surgido otros, más desorganizados, con conexiones transnacionales, especialmente desde Colombia y Europa comunitaria del Este. La pugna por el control del territorio y del flujo logístico es feroz. Y cuando eso se mezcla con el cálculo político, el escenario se vuelve de alto riesgo. Habrá ajustes de cuentas, atentados, incendios "raros", como los que pretendía hacer Hermosilla para su gente y una presión mediática constante por militarizar la política.
—¿Dónde queda el periodismo en medio de todo esto?
—Aislado, cooptado o amenazado. Muchos medios grandes están comprometidos con intereses empresariales o directamente comprados. Y los periodistas que aún investigan, muchas veces lo hacen sin respaldo, en condiciones precarias, o incluso desde el exilio como es mi caso. Pero la presión aumenta. Ya no basta con denunciar: hay que tejer redes, proteger fuentes, internacionalizar la información. Porque lo que ocurre en Chile no es solo chileno. Es parte de un tablero geopolítico mayor de guerra mundial fragmentada o guerra híbrida.
—Usted ha dicho que el modelo chileno está infiltrado por un “Estado paralelo”. ¿Cómo lo define?
—Un Estado paralelo es una estructura que coexiste con las instituciones formales, pero que opera con sus propias reglas. Usa al Estado, lo financia, lo penetra, pero responde a otros intereses. En Chile, eso se ve en cómo operan las mafias con protección legal, en cómo se lavan activos a través de empresas respetadas, en cómo las fuerzas armadas pueden enviar un contenedor con droga a Europa sin consecuencias. Es una red que reparte poder y silencio, que garantiza impunidad, y que está conectada globalmente.
—¿Ve alguna posibilidad de romper ese cerco?
—Sí, pero no desde el poder actual. La solución no vendrá desde dentro del sistema político o judicial, porque ya está demasiado comprometido. La salida está en la articulación entre periodismo independiente, redes internacionales de fiscalización, movimientos sociales y presión diplomática desde espacios no alineados con Estados Unidos. Hay que exigir una investigación internacional, auditar a fondo los convenios con la DEA, y sobre todo, sacar la verdad a la luz, cueste lo que cueste.
—¿Teme por su seguridad?
—Sería ingenuo no hacerlo. Pero más que miedo, siento una responsabilidad. Porque lo que está en juego no es una elección. Es el tipo de sociedad que va a sobrevivir a este experimento que pugna por un nuevo orden multipolar. Y si no se detiene la manipulación que pretende la ingeniería social del viejo orden, Chile no solo perderá su democracia: perderá su soberanía.
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Corresponsalía Milano / © Diario La Humanidad
Entrevista realizada en Roma, julio de 2025
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