(The Clinic) Denominación de origen, la nueva película chilena: cuando reímos para no llorar en el Chile de hoy
Tomás Alzamora, en su nueva película "Denominación de origen" relata el conflicto entre las comunas vecinas de San Carlos y Chillán, por el origen de la longaniza. El columnista de cine de The Clinic, Cristián Briones, asegura que "Denominación de origen tiene la capacidad para conectar a lo más profundo de nuestro país, porque es justamente aquello de lo que nos podemos reír. Es algo inherente a nuestra idiosincrasia. Lo mucho que nos reímos de nosotros mismos", señala.
“Es una película. Es una película”. Este es uno de los últimos diálogos de Denominación de origen. Lo dice el propio director Tomás Alzamora mientras revisa imágenes en su cámara. Es una celebración de la culminación de un trabajo, y a la vez, una de las mejores definiciones de lo que el espectador acaba de ver.
Porque Denominación de Origen es una película en toda su dimensión. Una película muy, muy chilena. Entiendo que esto pudiera parecer una celebración un tanto chauvinista a algo que no es poco frecuente. Tenemos películas chilenas casi mensualmente. No es una cualidad única ser una obra nacional. No es sinónimo de calidad o de atractivo. Ni siquiera es tan extraño que un documental chileno acapare la atención de la crítica y público en festivales especializados.
Chile tiene una hilera de documentalistas destacados. Tampoco tiene nada de nuevo que gente de las regiones de Chile cree arte con un enorme esfuerzo y artesanía. Sin ir más lejos, Equeco es la misma productora detrás de Historia y Geografía (disponible en MUBI) que también es dirigida por un autor oriundo de San Felipe.
Entonces, ¿qué hace tan sobresaliente y profundamente nacional a una película sobre longanizas y rivalidades entre comunas? Dos elementos clave, y ambos méritos de su autor: la elección del lenguaje a utilizar, el registro documental; y el género que decide usar como abrelatas a un atributo temático mucho más amargo: la comedia.
La comedia como género tiene una cualidad popular. Tenemos una inclinación natural a pasar un buen rato riéndonos. Pero no es nada sencillo conseguir hacer buen uso de ella. No por nada es uno de los géneros que más cuesta hacer funcionar en el audiovisual. Y lo es mucho más cuando un autor está intentando entregar algo más que sólo entretención a través de una de las emociones más básicas de cualquier sociedad, y dejar algo cuando ya nos fuimos de la sala a recomendar la obra.
Denominación de Origen tiene la capacidad para conectar a lo más profundo de nuestro país, porque es justamente aquello de lo que nos podemos reír. Es algo inherente a nuestra idiosincrasia. Lo mucho que nos reímos de nosotros mismos. Tenemos la capacidad para crear memes y caricaturas de terremotos e inundaciones en tiempo récord y vivimos al borde de la crueldad en nuestro humor negro. Minimizamos nuestras virtudes y hacemos escarnio de nuestras desgracias. Pero muy rara vez hacemos sin atender al baño de realidad. Sabemos que está ahí, pero usamos las carcajadas para ocultar el día a día.
Y ese es uno de los mayores riesgos que toma Alzamora: usar los códigos del documental para narrar su historia. Contarla de la forma más real posible. Y también es el mayor éxito al momento de permear su reflexión.
El registro es el siguiente: Los participantes de un concurso a la mejor longaniza, son despojados de su premio al primer lugar, porque la fábrica ganadora no está ubicada en la comuna de Chillán, si no en San Carlos. Hartos de ser dejados de lado, un variopinto grupo de sancarlinos, empieza organizarse para, de una vez por todas, se reconozca que la mejor longaniza viene de su comuna.
Una dirigente vecinal, un productor de eventos, un fabricante de longanizas, y un abogado de la comuna, se juntan para crear el Movimiento Social Por la Longaniza de San Carlos: MSPLSC. Sí, tienen hasta poleras y joyería con las siglas y forma de longanizas. Si en estos momentos ustedes ya sonrió y/o sintió curiosidad pensando en estos personajes, déjenme acotar que son muchísimos más atractivos de lo que se puede poner por escrito.
No sólo hacen sus pancartas para sus mitines en la plaza de la localidad, si no que convocan expertos culinarios, historiadores aficionados, encargan estudios a centros de investigación, organizan a los distintos fabricantes de la comuna, y un bastante hilarante etc, para conseguir que se reconozca institucionalmente y con su denominación de origen, que “vecino, vecina, la longaniza es sancarlina”.
Tanto el relato como los personajes de Alzamora son entrañables. Rayando en el ridículo muchas veces, sobre todo para quienes los ven desde la distancia de la urbe, pero son gente con la que quienes venimos desde localidades a lo largo del país (quien suscribe este texto es ercillano), nos hemos topado en más de una ocasión.
Son aquellos reconocidos por ser “movidos”, por estar siempre tratando de organizar, de armar, de juntar recursos en pos de reconocimientos aparentemente pequeños, pero que terminan siendo clave en la construcción de una comunidad.
Y también son el resabio de otro Chile. Una especie en extinción, que permanecen firmes en su afán de contribuir. Son gente en los márgenes, que se ve enfrentada a una sociedad que cada vez más desprecia el colectivo. Y siguen tratando. Es ese proceso de continuar a pesar de todo lo que mejor retratado le queda al director. La fluidez de esta película es uno de sus mayores logros. El montaje consigue que como espectadores, vayamos pasando de las risas al compromiso, y luego… bueno. Luego a todo lo demás.
Y acá está el sabor más agridulce de esta película, que es la historia de un fracaso. De buenas intenciones y pocos recursos. De la arrogancia y la ignorancia. Tomás Alzamora utiliza un género y un lenguaje cinematográfico para contemplar no sólo a su San Carlos, si no a los chilenos. No está haciendo un juicio. No está exhibiendo un manifiesto. No está intentando dar soluciones. Es una comedia de tomo y lomo sobre gente que quiso cambiar las cosas para su comunidad.
Es el relato de cómo el Chile de los Tíos Lelo le ha dado paso al Chile de aquella señora que refriega el triunfo en la votación. De cómo vimos nuestros sueños irse y quedarse una fractura que probablemente no sane en mucho tiempo. Es una realidad, ni más, ni menos. Que gente puede hacer todo lo que puede, y fallar. Y después, seguir adelante.
Es el relato de cómo el Chile de los Tíos Lelo le ha dado paso al Chile de aquella señora que refriega el triunfo en la votación. De cómo vimos nuestros sueños irse y quedarse una fractura que probablemente no sane en mucho tiempo. Es una realidad, ni más, ni menos. Que gente puede hacer todo lo que puede, y fallar. Y después, seguir adelante.
En muchos sentidos, esta es una de aquellas obras a las que deberemos volver para ver cuando algo se quebró para siempre. Ignoro cómo podrán ver esta película en el extranjero, creo que incluso en salas nacionales la respuesta serán muchas sonrisas y carcajadas. No sé si podrán ver el pesar. Porque es la historia de un momento en donde un Chile quedó en el pasado y otro se reafirma a sí mismo. Y podemos reír con ello, porque eso es lo que los chilenos hacemos. Y esta es una película muy, muy chilena.
Posiblemente nada de lo puesto en pantalla en Denominación de Origen sea real, pero todo es totalmente cierto. Reímos para no llorar.
Por Cristián Briones

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