Hablar de determinantes sociales de la salud desde una mirada clasista y popular significa partir de una idea sencilla: no nos enfermamos de la misma manera porque tampoco vivimos de la misma manera. La salud no depende únicamente de nuestros genes, hábitos o de la posibilidad de acudir a un médico. Está profundamente relacionada con las condiciones materiales en que nacemos, crecemos, trabajamos, nos alimentamos, habitamos nuestros barrios y envejecemos. El salario, la estabilidad laboral, las jornadas de trabajo, los tiempos de traslado, la vivienda, la alimentación y las posibilidades de descanso tienen consecuencias directas sobre nuestra salud como clase trabajadora.
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Prensa Proletaria Chile |
Desde el Comité de Salud de Maipú queremos incorporar una dimensión que muchas veces queda fuera de los discursos institucionales: la dimensión de clase. No basta con reconocer que existen desigualdades; debemos preguntarnos cómo se producen y qué intereses contribuyen a mantenerlas. En Chile, esta desigualdad también se expresa en un sistema sanitario segmentado, donde conviven FONASA, las ISAPRE y una amplia red de prestadores públicos y privados. Esta estructura ha contribuido históricamente a generar diferencias en el acceso y en los recursos disponibles según ingresos y riesgos de salud, lo que ha beneficiado a quienes lucran con la salud y a perjudicado a las y los pobladores y sus familias.
La salud de mercado
Hablamos de salud de mercado cuando la atención sanitaria deja de entenderse principalmente como un derecho social garantizado colectivamente y pasa a organizarse, en buena medida, como un servicio que puede ser comprado según la capacidad económica. La pregunta entonces deja de ser solamente qué necesita una persona para recuperar su salud y aparece otra: cuánto puede pagar por esa atención. Cuando la capacidad de pago determina el acceso, la desigualdad económica se transforma en desigualdad sanitaria. Quién tiene más recursos puede acceder con mayor facilidad a consultas, especialistas, exámenes y tratamientos privados. Quien depende principalmente de la red pública enfrenta mayores esperas y limitaciones de acceso.
Nuestra crítica no apunta a los trabajadores y trabajadoras de la salud, que sostienen cotidianamente el sistema con su esfuerzo y dedicación. Apunta a una estructura social, en el marco del sistema capitalista en su patrón neoliberal, donde las decisiones sanitarias quedan subordinadas a incentivos económicos. La enfermedad no debería ser una oportunidad de negocio. El acceso a medicamentos, especialistas y tratamientos no debería depender del tamaño del bolsillo ni del tipo de previsión.
También rechazamos la idea de que cada persona es responsable, por igual, de su propia salud. Se nos llama a comer mejor, hacer ejercicio, controlar el peso, reducir el estrés y realizar controles preventivos. Muchas de estas recomendaciones son necesarias, pero se vuelven insuficientes cuando se ignoran las condiciones materiales de existencia. ¿Puede una familia endeudada elegir sus alimentos de la misma manera que una familia con altos ingresos? ¿Puede una trabajadora con extensas jornadas disponer del mismo tiempo para descansar o hacer ejercicio? ¿Puede quien tarda horas en trasladarse entre su casa y el trabajo cuidar su salud de la misma manera? ¿Puede quien vive en condiciones de hacinamiento proteger su salud mental en las mismas condiciones? Las decisiones personales existen, pero están condicionadas por las posibilidades materiales.
Por una salud integral, pública, universal y al servicio de la clase trabajadora
Necesitamos avanzar hacia un sistema donde la salud sea un derecho social universal, garantizado independientemente del ingreso, el empleo, la edad o el lugar donde se viva. Eso requiere fortalecer la salud pública y la Atención Primaria de Salud (APS), pero también transformar las condiciones sociales que producen las enfermedades: la precariedad laboral, la pobreza y la desigualdad, el endeudamiento, la mala alimentación, la segregación urbana y la falta de viviendas adecuadas entre otras carencias. La política sanitaria debe construirse junto a las organizaciones territoriales, sindicatos, organizaciones de mujeres, estudiantes, personas mayores, trabajadores y trabajadoras de la salud, entre otros actores del campo popular y clasista.
Desde el Comité de Salud de Maipú entendemos que luchar por la salud es luchar por una sociedad distinta: una sociedad donde nadie tenga que elegir entre comprar medicamentos y comprar alimentos; donde una enfermedad grave no ponga en riesgo la vivienda; donde las y los trabajadores de la salud tengan condiciones laborales dignas; y donde los tiempos de espera no dependan de la capacidad de pagar. Las desigualdades económicas, laborales y territoriales terminan inscribiéndose en nuestros cuerpos. Por eso, enfrentar las desigualdades en salud implica también enfrentar las desigualdades sociales que las producen y que son resultado del sistema de explotación y opresión capitalista.
No basta con administrar las consecuencias de la enfermedad. Debemos disputar sus causas. No basta con mejorar el acceso al mercado sanitario. Debemos cuestionar que el mercado determine quién puede acceder a una atención oportuna y de calidad.
Desde Maipú levantamos una concepción de salud integral, pública, universal y al servicio de la clase trabajadora, una salud entendida como derecho y no como mercancía; como responsabilidad colectiva y no como privilegio individual, ni menos como un espacio para hacer negocios que solo benefician a las clínicas, centros médicos, laboratorios, farmacias, es decir, a la burguesía, que lucra con nuestras enfermedades.
Porque la salud de nuestra clase no puede depender de cuánto dinero tenemos en nuestros bolsillos.
Porque la enfermedad no debe ser una oportunidad de lucro.
Y porqué defender la salud pública es también defender el derecho de la clase trabajadora a vivir, trabajar y envejecer dignamente.
¡A luchar por una salud al servicio de la clase trabajadora y el pueblo!
Comité de Salud de Maipú / Bloque de Organizaciones Populares
Septiembre 2026

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