El poder del olfato: cómo la comprensión del idioma de los insectos puede transformar la agricultura
“El
sistema olfativo es una de las estructuras sensoriales más sofisticadas y más
antiguas dentro de los sistemas sensoriales complejos”, afirmó el investigador
de INIA Quilamapu, Ricardo Ceballos, uno de los impulsores de la Ecología
Química de Insectos en Chile.
El
especialista, que desarrolla su trabajo en la Región de Ñuble, indicó que esta
disciplina se apoya fuertemente en el estudio del sistema olfativo y en otras
formas de percepción química de los insectos. Explicó que el sistema es capaz
de percibir y discriminar miles de moléculas orgánicas diferentes (aldehídos,
ésteres, cetonas, alcoholes, etc.), muchas de ellas en cantidades “increíblemente
pequeñas”.
Ceballos
—que en 20 años ha estructurado la Ecología Química como un área nueva del manejo
integrado de insectos plaga—, comentó que fue gracias a la extraordinaria capacidad
olfativa de los primeros organismos del planeta que estos lograron sobrevivir,
ya que pudieron “detectar los alimentos, los depredadores y sus parejas
reproductivas”.
Expresó
que en los humanos el olfato parece estar supeditado a un plano secundario,
mientras que otras especies conservan sistemas altamente especializados. Es el
caso de los insectos que han desarrollado receptores olfativos extremadamente
sensibles, capaces de captar moléculas en el aire y activar una respuesta inmediata.
“Estos receptores les permiten una rápida detección de moléculas químicas, un proceso
vital para su supervivencia”, precisó.
Un entorno que ha cambiado drásticamente
El
especialista de INIA dijo que, durante millones de años, los sistemas
sensoriales de los insectos han ido evolucionando, desde los primitivos ambientes
naturales relativamente estables, hasta los entornos actuales, profundamente
alterados por la actividad humana. “Factores como la sobrepoblación humana y la
expansión de la agricultura intensiva, nos han llevado a depender de
monocultivos, puesto que la agricultura moderna requiere de una gran cantidad
de fertilizantes, agua y plaguicidas”.
Ricardo
Ceballos agregó que todas estas prácticas simplifican el paisaje y reducen la
biodiversidad local, generando condiciones para que plagas y enfermedades se
establezcan y propaguen con facilidad. En este contexto, mencionó que “la
globalización ha acelerado la dispersión de especies invasoras” y que “el
cambio climático permite que especies nativas emerjan como plagas que afectan a
especies vegetales exóticas introducidas con fines productivos”. Añadió que los
métodos de control convencionales, presentan limitaciones importantes en
sostenibilidad y eficacia a largo plazo.
Ecología
química basada en el lenguaje de insectos
“La ecología
química es la disciplina que estudia cómo los organismos usan sustancias
químicas naturales para comunicarse e interactuar”, planteó el investigador de
INIA Quilamapu, agregando que con esa información “es posible aprovechar ese
conocimiento para intervenir de forma específica, minimizando las alteraciones
al ecosistema”.
En el
caso de los insectos, Ceballos señaló que la ecología química se centra en su sistema
olfativo y que resulta indispensable reconocer los compuestos volátiles que gobiernan
sus comportamientos (feromonas, kairomonas y aromas de plantas). “Con este
conocimiento podemos diseñar estrategias de manejo más precisas”, tras lo cual advirtió
que no se trata de erradicar insectos, sino de intervenir de forma informada
para regular sus poblaciones.
El científico
aclaró que para disminuir la población y el daño de una plaga, se emplean trampas-cebo
con atrayentes (feromonas), lo que impide que los insectos localicen sus
plantas hospederas, ya que los compuestos los enmascaran o bien desvían su
atención, como en el caso de la confusión sexual. “En Chile ya lo estamos
haciendo en el manejo de la polilla de la vid (Lobesia botrana), saturando el aire con feromonas que
desorientan a los machos, impidiéndoles encontrar las hembras para el
apareamiento”. Ceballos dijo también que es posible favorecer a insectos benéficos (polinizadores),
guiándolos hacia sus plantas mediante compuestos volátiles extraídos de las
mismas plantas.
Insectos
con olfato extraordinario
El
especialista reveló que los insectos poseen receptores olfativos con
estructuras simples, pero altamente versátiles, que detectan una enorme
diversidad química. “Esta capacidad sensorial, esencial para la vida de un
insecto, es también un punto vulnerable, ya que una vez conocido su
funcionamiento, podemos intervenir en el proceso y emplearlo a nuestro favor”. El
investigador de INIA Quilamapu puso como ejemplo el receptor olfativo MhOR5, que forma parte de la estructura
de ciertos insectos y que es capaz de responder a una amplia gama de compuestos
volátiles, entre ellos el DEET, un conocido repelente de mosquitos. “Este
compuesto no mata al insecto, sino que interfiere en su capacidad de detectar algunos
olores, lo que altera la forma en que se desenvuelve y disminuye su habilidad
para identificar sustancias químicas de su entorno”, subrayó.
Para Ceballos,
este tipo de hallazgos ha permitido “crear y consolidar un catálogo de
compuestos con capacidad para modificar el comportamiento de forma específica y
controlada de plagas clave, con efectos específicos y controlados”, lo que es
el punto de partida para un futuro control de plagas basado en ecología química.
Agricultura
que conversa con la naturaleza
“Hablar
el idioma químico de los insectos puede transformar la manera en que manejamos
los insectos plaga y los benéficos”, recalcó el investigador de INIA. Complementó
que la ecología química ofrece una propuesta respaldada en la ciencia y que considera
la evolución de los insectos. “Es necesario restablecer el equilibrio en los agroecosistemas,
proteger a polinizadores y enemigos naturales, reducir los residuos tóxicos en
los alimentos y suelos, y disminuir el riesgo de resistencia a insecticidas, con
el fin de lograr una agricultura más sustentable”, concluyó.


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