La estimación de la intensidad con la que un gran terremoto sacudirá un territorio específico puede mejorar si se mide la distancia a las “asperezas” o zonas de mayor liberación de energía, en lugar de utilizar la distancia tradicional al hipocentro. Así lo concluye una investigación que analizó siete megaterremotos ocurridos en los últimos 300 años en Chile central.
El estudio demostró que los modelos de atenuación que consideran las asperezas reducen los errores de estimación hasta en un 25% en comparación con el enfoque tradicional. La medición más efectiva resultó ser la distancia hacia la aspereza de mayor deslizamiento, es decir, la zona que liberó más energía durante el sismo, debido a que es además el lugar más acoplado o trabado entre las placas tectónicas que generan el terremoto al destrabarse.
Los autores de la investigación son el geofísico José Tomás Drápela, actualmente en el Departamento Ciencias de la Tierra de la Universidad de Concepción; Matías Gonzalez, el académico del Magíster en Geofísica UdeC Gonzalo Montalva, la investigadora de Geofísica UdeC Ignacia Calisto, Felipe Leyton, Daniel Stewart y Rodrigo Astroza.
El trabajo combinó sismología, ingeniería y geología para evaluar cómo la heterogeneidad de la fuente sísmica -origen del terremoto- y las condiciones locales del suelo influyen en la atenuación y ampliación de la intensidad durante grandes terremotos de subducción.
El punto clave del hallazgo radica en que, para eventos de magnitud superior a 8, la ruptura no ocurre en un solo punto, sino a lo largo de cientos de kilómetros de la falla, con zonas donde el deslizamiento es mucho mayor: las asperezas. Estas concentraciones de energía son las que determinan, en mayor medida, los daños observados en las ciudades cercanas. Por ello, medir la distancia a ellas permite anticipar con mayor certeza dónde se registrará la mayor intensidad.
La investigación utilizó una base de datos compuesta por siete megaterremotos ocurridos en Chile central: los eventos instrumentales de 1985, 2010 (Maule) y 2015 (Illapel) para calibrar los modelos; y los históricos de 1730, 1751, 1835 y 1906 para validarlos. Para cada sismo se emplearon mapas detallados de deslizamiento y registros de daño por localidad.
Además de la fuente sísmica, el estudio incorporó el efecto local del suelo. Se observó que en zonas con suelos blandos los modelos tradicionales sobreestimaban la intensidad. Esto se debe a que las construcciones rígidas y bajas, comunes en Chile, son menos afectadas por las ondas que predominan en ese tipo de terrenos.
Uno de los aportes con mayor proyección práctica es la posibilidad de utilizar modelos de acoplamiento intersísmico -que miden qué tan “trabadas” están las placas tectónicas- para identificar futuras asperezas antes de que ocurra un terremoto. Esto abre la puerta a generar escenarios de daño para la planificación territorial y la gestión del riesgo sísmico en Chile.

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